lunes, 15 de diciembre de 2014

Confiado y presumido

Confiado y presumido

En ciertos puntos de la cuidad de Salta existen bachilleratos especializados en matricular alumnos que ya después de cumplir los dieciocho años no podrían ingresar en alguna otra institución. Este, conocido como B.S.P.A (bachillerato salteño para adultos), funciona a horarios nocturnos.
Sad, asistía allí, siempre pasando por los atajos que desde niño utilizaba para allegarse a las proximidades de la ciudad pues vivía relativamente lejos.
Este pueblo había recibido el estatus de cuidad ya tiempo atrás, pero para él siempre seria un pueblo. Sin rascacielos, tiendas especializadas, comida étnica, un Mc Donald o Burger King; muy una ciudad para Sad no era mucho que uno diga.
Pero en esta ecuación siempre se le salteaban algunas cosas. Véase como ejemplo: la delincuencia. “Quien sabe como sucederá en Buenos Aires pero… “él decía a veces “al menos aquí aun no me matan para robarme el celular”
Confiado y a veces presumido, su celular no era de alta gama pero aun así encantado y chocho lo usaba siempre procurándole atenciones que a ojos de alguien normal parecerían demasiado excesivas. Era su primer celular, comprado con su propia plata y con cada factura pagada con la misma. Además, podría decirse que su única compañía, la mas cercana y confiable era ese aparato.
Porque sus ojos destilaban esa melancolía que es la causante de todos los males, la solemne soledad. A simple vista ¿distinguirías una sonrisa falsa de una real?
En su mundo de ensueño ese android 4.1 y el pack de internet móvil ilimitado por treinta días ¿qué eran? sino más que una conexión con su mundo interior y el exterior, visto ante sus ojos como una presencia necia, fría y áspera.
Algo no sé si destacable tenía el joven de veinte años y eso era su obsesión por los cuentos de fantasmas, terror, misterio y ocultismo, que a tardía edad se volvieron un objeto de estudio.
Ateo se consagraba, eso no significa que a veces no deseare encontrarse con María Sangrienta,  la llorona, Eyeless Jack o el espíritu de la ruta 40.
El melancólico ya hacía dos años de poseer dicho artilugio y en ese tiempo ya varias veces se había sumergido a los mundillos que le podía ofrecer el portal de google. Sin conexión o ruter, unas de sus nimiedades yacían en el afán de querer explorar la deep web.
No es cosa del destino que con el tiempo también se hiciese de un pequeño espacio en las redes sociales ni sorpresa el que desaprobase algunas materias por distraerse en ese, su mundo.
Un punto débil también tenía el joven Sad Wakai, que cuando poseía algo de efectivo en sus bolsillos directo se dirigía hacia un agente oficial de la empresa Claro a comprarle algunos accesorios a ese, su huawei accend Y300. Lo cual a veces le hacía parecer más rico de lo que en realidad era.
A posteriori se graduaría. En tres años se realizan lo que en un colegio normal se tardaría seis.
Y en unas de esas noches de diciembre en la que para algunos, él incluido, era seguro que se graduaban sucedió este lamentable hecho.
Ya saliendo a las doce menos cuarto, era normal que cruzando las calles y alejándose cada vez más, las luminarias darían su cese y le darían la bienvenida a la noche. Para eso estaba su celular que, cuando en penumbras se hallaba, lo iluminaba y a priori guiaba por los oscuros senderos.
Véase que otro punto débil se serbia a la mesa del joven desafortunado, y era que cual una vaca un cencerro él un colgante, que aunque no rivalizase con el ruido mas fuerte si hacia distinguible su presencia.
El colgante era de su propia creación y en el él llevaba sus llaves y algunas medallas de meritos que le había dado la nombrada escuela.
Y ya cruzando la mitad del más largo de los senderos, esperando llegar al descampado y posteriormente a su casa, irguiese a su izquierda la presencia de un desconocido que… madre mía… con ojos enrojecidos le dijese “Tus cosas, las quiero” lastimándole con una piedra la cabeza y haciendo así que con el más grande de los sustos el solitario y antes chocho comenzase a correr desesperado. Pero en vano seria todo, sin aun darse cuenta el colgante y el celular de su corazón le estaban sirviendo de guía al malhechor que en su mente no figuraba como ser pues nunca antes se había escuchado en ese pueblo que te matasen para robarte el celular… “ah, pero… ese pueblo ya desde hacía años que había recibido el estatus de ciudad…” pensó mientras la huida fallida llegaba a su fin con un tropezón y posteriormente otro golpe en la cabeza llevándolo a la muerte.
Su cuerpo fue hallado tres días después en un estado de descomposición ya avanzado. Del joven, solitario ya desde hacía años, mansillado y devorado por las hormigas de fuego: como estadística fue tristemente el primero en sucumbir de tal manera.
Algo si, del espectáculo mediático realizado por la prensa-buitre no se supo, aunque algún que otro compañero suyo si se lo pregunto “¿Y el colgante adonde se fue?” Para lógicamente pensar “Que rata el tipo, llevarse un recuerdo de la víctima”.
Pero he aquí el misterio.

A la misma hora, siempre a eso de las once cuarenta y cinco y doce de la noche por esos senderos, de lunes a viernes cual estudiante regresando a casa, se suelen escuchar unos tintineos semejantes a los causados por los de unas llaves al unisón con lo que parece ser la luz-flash de un celular, que acercándose al descampado inevitablemente desaparecen… como si algo impidiese a modo de ancla que ese posterguéis concluyese con su destino.

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